17 de octubre de 2011

Los perros están demasiado domesticados.


El lobo retorcido en mi pecho se ríe esta mañana. Cuando el lobo ríe, a mi me asusta, es cuando voy a cometer una estupidez.
El titiritero peludo me mueve un brazo y vuelco un vaso. Conductismo a pleno, recibo un golpe.
¡Me quejo! ¡No quiero jugar ahora! Pero el lobo vuelve a golpearme y me mueve un pie.
Mi pie se golpea con la pata de la cama. El lobo se retuerce a carcajadas en el piso.
¡No me quejo! ¡Quiero jugar ahora!
(Nuevo personaje)
-Me presento, valga la redundancia por la introducción entre paréntesis, soy el masoquista. Me llamo Pedro.
(Otro personaje)
-¡Muchas felicidades! ¡Llegue yo! Camila, hermosa, fragante y rebosante de ego. ¡Bésenme!
-Nunca te llamamos Camila-Susurra Pedro.
-Pero quería participar
-¡Ándate!
-¡NO!
Un combate se desata entre Camila y Pedro. ¡Dios! ¿Cuándo los cree? Y ya me están hartando…
Cuando voy a separarlos, el lobo toma un lanzallamas y los hace sal. Vuelve a caer retorcido en el piso:
-¡Adoro tus dibujos! ¡Son tan divertidos! –Dice el lobo entre el hipo que le genera la risa.
En su algarabía, el lobo deja caer el lanzallamas. Supongo fugazmente que es mi oportunidad. Me arrastro, cada hilo que se rompe me provoca un dolor infernal, pero no puedo prescindir de esto.
El lobo aun se ríe descostillado.
Me estiro aun mas, acallo los gemidos sufridos y acaricio con la yema de mis dedos el lanzallamas.
El lobo esta convertido en una estatua de sal. Ya no se ríe. Esboza una leve sonrisa, la figura se desdobla y cae en polvillo.
Lo observo con ojos dilatados. No puedo evitar sonreír. No puedo borrar la expresión, es como si me hubieran engrampado los labios. Las manos transpiran y la voz tartamudea. La voz se ríe.

(…)

Como que… ¿Estiro la pata, no doctor?- Pregunta el enfermero.



No hay comentarios:

Publicar un comentario