Se encontró en ese andén vacío que olía a heces. “Que bajo que caigo! Una y otra vez. Yo no aprendo mas.” Murmuro por lo bajo para ella misma. Y se rió un momento.
No se rió por lo hecho, sino por la influencia que podía lograr una niña de catorce años en un hombre de cuarenta. “Los hombres pueden ser tan imbeciles”.
Rucca disfrutaba demasiado hacer ese tipo de travesuras en los bares. Y lo mejor de todo es que siempre encontraba con quien pasar el rato. En todos esos antros se encuentran esos estereotipos; un fracasado, sentado solo en una esquina oscura, con un licor barato entre sus manos, el cual quiere hacer durar toda la noche, buscando una piel limpia y perfumada con la cual pasar una buena noche.
Si, era en ese momento donde Rucca interpretaba su personaje. Seductora y sigilosa, lo auscultaba desde la barra, y lo invitaba a jugar.
Samuel había visitado sus encantos varias veces ya. Y Rucca no terminaba de encontrar la razón por la cual lo dejaba volver, y tampoco entendía el por que de que el la buscara.
“Te pareces a una nena que conocía”. Solía susurrarle al oído cuando el alcohol ya lo tumbaba. Y Rucca obviaba esos comentarios y actuaba el hecho.
Cuatro de la tarde. Parpadeo nerviosamente cuando sintió el rayo en la cara. Por un momento se cruzo el pensamiento en su mente de que era una linterna. Desesperado abrió los ojos dispuesto a cualquier cosa, pero no. Solo. Sintió alivio. Y un dejo de inseguridad. Inseguridad? De que? . Luego ahogo ese pensamiento mirando sus ropas. Donde quedo mi orgullo? Se pregunto disgustado. Vio los harapos, y el pantalón rasgado. No importa. Se levanto ligeramente y salio de la casa.
Una vez en la calle, Siriano se cruzo con una plaza, un exclusivo parque cercado, que se abría durante el día. Vio al guarda cerrando las rejas. Este lo ojeo de arriba abajo y le dio la espalda. Camino. Nueve cuadras exactamente. El sol caía. Siriano vio desaparecer la luz de a poco, con ansias de que llegue la noche, la cual cobijaría sus crímenes, en esa ciudad, donde nadie daba un peso por el otro. Una individualidad inmunda.
“Hoy asesinare por placer, y no por necesidad”. Sintiéndose maravillosamente mortífero, se dejo estar en la vereda, esperando ver a alguien que valiera la pena matar.
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