Siriano camino las usuales callejas buscando algo para comer. Realmente no tenía hambre, pero a sus ojos, no podía dejar de lado el ritual que llevaba cada noche. El ritual que le ayudaba a llevar la cuenta de los días.
Hacia varios años ya, que se encontraba viviendo en esa ciudad putrefacta, y solo lo hacia, porque ella se lo había pedido. Porque ella le juro que volvería a buscarlo. Pero ahora, estaba perdiendo las esperanzas.
El último mensaje de Cenit lo había recibido hacia dos años, y nunca más había vuelto a escuchar de ella.
Esa noche oscura, Siriano se preguntaba por que había vuelto este pensamiento a su cabeza.
Encontró, en un callejón vacío, a un borracho tumbado en el piso; no era la primera vez que se cruzaba con el, hacia ya un par de días lo vio yacer inconciente en diferentes escenarios. Ver la imagen completa del hombre anonadado en un estado de parálisis le causo repulsión, pero sabia que era una comida segura; nadie preguntaría por el ni tampoco se molestaría en buscarlo; era algo que no podía desperdiciar.
Deslizo la mano por entre las ropas del condenado, y las desgarro completamente. Y sin más, desato su voracidad. Mientras saciaba su apetito cotidiano, sintió pena por la persona que le servia de alimento, nunca se daría por enterado de la forma en la cual había muerto, pero eso correspondía a su propio pensamiento.
Se limpio los restos de sangre que tenia en la comisura de los labios, con un pedazo de la ropa de su victima, y sin sentirse para nada realizado, se encamino hacia la vereda.
El pelaje gris le ondeaba con la brisa suave de las noches de verano. Y deambulaba ausente entre las personas que caminaban a su alrededor.
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